OPINIÓN - Festival Iberoamericano de Teatro 2008. Oscar Felipe Chávez.

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FESTIVAL IBEROAMERICANO DE TEATRO DE BOGOTA 2008

Desde mi llegada a Bogotá en 1992 no me perdía el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Desde 1996 había estado por dentro del festival como pregonero, actor, técnico, tallerista, director, público fehaciente, rumbero enamorado, ciudadano fiestero, aprendiz de brujo, crítico incipiente, teatrero en formación… en síntesis viví el festival de pe a pà, es decir de fes a val intentando buscar las respuestas a las grandes preguntas que me persiguen en el mundo del teatro. He asistido a cada festival como a un rito religioso. Cambié la teatralidad de las procesiones de Semana Santa en Popayán por la sacralidad del rito del teatro en Semana Santa.
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El Iberoamericano ha sido una gran escuela, no solo para mí, sino para todo el movimiento teatral colombiano, que a favor o en contra, nos hemos nutrido de ese flujo de discursos y de imágenes en esas dos semanas de pasión.
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Según fuentes confiables y sin patrioterismos veintejulieros, el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá es el mas grande del mundo pues el Festival Cervantino de México y las Olimpiadas Teatrales de Japón se hacen cada cuatro años. La cifras de Fanny Mickey: “cinco continentes, jijuetantas compañías, chorrocientas funciones…” aunque odiosas, son un hecho que no tiene referentes bianuales en otras latitudes.
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Ser el Festival mas grande del mundo, no significa que sea el mejor, ni que sea el único, ni mucho menos que sea “el teatro”. El Iberoamericano es “un festival”, es “un tipo de teatro” en singular, no es ni el teatro de Colombia, ni el teatro del mundo; es “un Festival”, que como todos se hace respondiendo a unos intereses estéticos de un selecto grupo de personas y no sobra decir que ese gusto específico no puede minimizar el gusto teatral ni generalizarse como el gusto teatral nacional.
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Es muy importante que Bogotá como gran ciudad cultural realice el Iberoamericano, es un privilegio tener el flujo de artistas, teóricos y espectáculos que en otras condiciones serían muy difíciles de ver… sobra decir que es mas fácil verlos en Bogotá a cien mil pesos, que ir hasta Bélgica, Ucrania o Suiza a verlos en sus salas. En ese sentido el Iberoamericano es una excepción en nuestro panorama cultural nacional.
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Uno de los componentes mas importantes y menos publicitados del Iberoamericano es el pedagógico. Los talleres, clases maestras, conferencias y coloquios, muchos de ellos gratuitos o muy baratos, demuestran un compromiso real de la Fundación Teatro Nacional para incentivar el crecimiento del teatro colombiano. Aprendices, actores, directores y público de todo el país tienen contacto teórico y práctico con técnicas y discursos teatrales de diferentes latitudes del mundo.
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El iberoamericano es la mejor empresa de gestión cultural del país, un ejemplo de capacidad de producción y logística, de movilización de credibilidad, recursos e información, pero sobre todo de apropiación colectiva, de sentido de pertenencia de la ciudad con su Festival y todo esto hay que aprenderlo y replicarlo: Promover la fiesta como detonante de la identidad colectiva, como lo dice el Convenio Andrés Bello.
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El Iberoamericano irradia una alegría pública muy necesaria para mejorar la calidad de vida de la ciudad, pero sin proponérselo (supongo) también irradia unas ideas deformadas que se amplían como un eco durante los dos años posteriores a su realización. Algunos de estos ecos nefastos en el medio teatral son:
Creer que “ese” es el teatro y denigrar del teatro colombiano porque no tiene el mismo nivel de producción que el europeo.
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“Consumir” la suficiente dosis de teatro que dura dos años.
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Creer que en Colombia no hay teatro porque no se parece a las megaproducciones que trae el Iberoamericano.
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Creer que el teatro colombiano es Fanny o la Fundación Teatro Nacional.
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Creer que la Fundación Teatro Nacional es realmente el teatro nacional. Sobra explicar que ese nombre corresponde a una empresa privada y Colombia es el único país donde una compañía llamada Teatro Nacional no es pública. (En el sentido de estar financiada permanentemente en mas del 80% con recursos del Estado)
La idea de que el circo es la única opción que le queda al teatro contemporáneo.
Suponer que el teatro al aire libre debe ser un espectáculo de estructuras, zancos y fuegos artificiales.
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Creer que el Iberoamericano es un sello de calidad: no es cierto que todo lo que se presenta en el Iberoamericano sea el “mejor teatro del mundo” y entonces lo que no se presenta es el “peor teatro del mundo”. Por ejemplo la vanguardia teatro colombiano La Candelaria, no se presenta allí y eso no lo vuelve un teatro de segunda.
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Así mismo el Festival de Teatro Alternativo, decorosamente organizado por la Corporación Colombiana de Teatro con la batuta de Patricia Ariza, NO ESl “off” del Iberoamericano. El Alternativo es la continuación de lo que en los años 80 fue el Festival del Nuevo Teatro Colombiano, entonces es previo al Iberoamericano y no se hace contra el él ni contra Fanny. El alternativo es un Festival hermoso, de salas repletas y festivas, privilegiando al teatro colombiano y con excelentes invitados internacionales. Con entradas a 5 diez mil pesitos, no intenta “competir” contra el Iberoamericano, simplemente difundir dignamente el teatro colombiano en las salas y con los recursos disponibles. Sin maquillajes, sin el gigantesco andamiaje publicitario llena salas de un público auténtico y sensible que no esconde sus críticas ante los defectos y carencias de la escena colombiana, pero tampoco guarda los aplausos para las puestas que tercamente se consolidan en los rincones de la geografía nacional.
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Este año fui sin mucha gana al Iberoamericano, en primer lugar porque ahora me toca armar maleta e ir hasta Bogotá, en segundo lugar, porque por primera vez en doce años, no estaba por dentro del Festival y en tercer lugar, porque sentía que iba a encontrar los mismos con las mismas y no me equivoqué. El problema del rito de la fiesta es que se repite y cada vez se debe recargar de significados, yo siento que he perdido un poco esa capacidad y las cosas de la vida se me empiezan a repetir año a año perdiendo su sabor.
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Pero bueno, uno va a donde se siente bien y es su decisión, por eso ya no voy a la carpa cabaret a ver tanto snob, tanta gente bonita y trabada, tanta farándula borracha
y tantas caricaturas de famosos, tantos disfraces y tanta lentejuela. Yo definitivamente prefiero salir de una función a recorrer la carrera séptima atestada de gente que reza entre iglesias, que compra baratijas en la acera, que ve espectáculos callejeros por dos monedas, que simplemente caminan en la calle entre sus bufandas y se comen un algodón de azúcar. Así cada uno aporta un poco de color a la carrera séptima en semana santa: el espectáculo teatral mas hermoso de la ciudad.
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